Juanra Peña

Mis batallas en el desierto

En la Secretaría de la Defensa Nacional

Mis casi seis años de corresponsal en México, resumidos en un artículo para el libro que la Agencia EFE acaba de editar un libro con motivo de sus 50 años en el país. Se ha presentado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), la mayor cita de la edición en español. Puede descargarse gratuitamente aquí.

Merece la pena porque es también la historia de México: el levantamiento de Chiapas, el “comes y te vas” del presidente Fox a Fidel, el “¿Qué pasó, mi góber precioso?,  los encuentros con los grandes de la literatura hispana como García Márquez (aunque creo que falta el “sufro como un perro” que Juan Cedillo le sacó después de visitar el mingitorio y Julián Rodríguez olfateó).

Un fuerte abrazo a todos los que formasteis parte de esta gran etapa. Varias de las fotografías que acompañan a este artículo me las proporcionaron los fotógrafos que trabajaron conmigo, Mario Guzmán y José Méndez. ¡Gracias chavalería!

La celosa emperatriz Carlota, se dice, mandó construir el capitalino Paseo de la Reforma para poder divisar el retorno del carruaje de su esposo, el afrancesado Maximiliano (1864-67), al hogar imperial en el castillo de Chapultepec. Siglo y medio después de que Carlota se asomara al balcón, un viejo poeta (o un poeta viejo), proclamaba desde allí un grito de paz.

El castillo había sido un símbolo de quienes creyeron que “con las armas extranjeras se resolverían los problemas de México”. Pero también lo fue de esperanza, ya que ofició como escenario de los acuerdos pacificadores de El Salvador. “Ojala que hoy encontremos también un camino para la paz”, abrió fuego Javier Sicilia.

En otro punto de la enorme mesa que bordeaba el magno salón de suelo de mosaico de mármol, el presidente Felipe Calderón escuchaba con gesto serio, detrás de una pequeña tricolor y escoltado por su gabinete. Alrededor, la mesa hervía con las otras víctimas del crimen organizado: las familias de los “ejecutados”.  Aquella mañana había llovido un poco, extrañamente, y el mirador palaciego estaba trufado de charcos soleados.

Sobre los desgarradores testimonios que se escucharon allí esa mañana -23 de junio de 2011 dicen mis archivos- y tantos otros que manan de la misma fuente de plomo, se sigue escribiendo y parece, por desgracia, que se tardará en dejar de hacerlo. La realidad del crimen organizado en México es tan potente que casi opaca cualquier otro tema que nace “en el ombligo de la luna”, como bautizaron los aztecas al país aún nonato.

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“Sudando la camiseta”

Pero esas historias tienen otro filo, que corta mucho más profundo en quienes las escuchan. Cómo es este pueblo, invencible en su corazón, que se traga las lágrimas y pelea con uñas y dientes por una sociedad mejor.

Ni el narcotráfico, ni la corrupción, ni la muerte siquiera – a la que pintan como una calavera sonriente, con la que bailan en una noche de fiesta nacional- logran contener el torrente de bonhomía, cultura y alegría que se desparrama rugiendo desde Tijuana hasta Ushuaia (y aún contracorriente, hacia el norte que le quitaron).

A bordo de un helicóptero Blackhawk, sobrevolando Morelia, en la Operación Michoacán

A bordo de un helicóptero Blackhawk, sobrevolando Morelia, en la Operación Michoacán

Cada cierto tiempo alguien hace la inevitable pregunta: “¿cuál es la entrevista que más te ha impactado?”. A veces releo mis artículos y contemplo mi colección de acreditaciones oficiales –que atesoro como un veterano de guerra lo hace con sus medallas- y siempre me viene a la cabeza el mismo nombre: Jaime Contreras. ¿Quién? Jaime Contreras.

Cuando lo entrevisté, en 2006, buscaba relevo para su modesto puesto de maestro del último vagón escuela del país. Apalancado en una vía férrea en desuso de Naucalpan, municipio cercano a la capital, el aula con ruedas de hierro era el último vestigio superviviente de una época en la que los ferroviarios construían México de confín a confín, y en la que sus hijos recibían clase por el camino.

Don Jaime –que llevaba entonces enseñando 29 de sus 49 años- me enseñó orgulloso su pequeño imperio del saber, pulcramente ordenado y con una enciclopedia electrónica que era la niña de sus ojos. “Yo ya he sudado la camiseta”, me decía, cansado pero con la férrea determinación de abrir puertas a sus alumnos. Por lo que he podido leer, aún sigue buscando su relevo.

Pequeñas historias como esta de quienes construyen México con poco más que su ingenio, voluntad y activas glándulas sudoríparas, pude beber unas cuantas. Como la de los capacitadores electorales, que recorrían las agrestes sierras de Puebla hasta pueblos que algunos considerarían perdidos. O la del muralista del “barrio bravo” de Tepito, Daniel Manrique. Todos y cada uno de ellos son para mí los héroes que nos dieron Patria, tanto como los que vitorea cada año la ceremonia del Grito de Independencia.

                                   Mis batallas en el desiertoMis batallas en el desierto 2

La Chavela eterna

Precisamente, no puedo dejar de hacer referencia al capítulo de las artes y la cultura, que centró buena parte de mi actividad de reportero. Aquí merece figurar en primer lugar la mala salud de hierro de Chavela Vargas. “Vete preparando el obituario que a la pobre no le debe quedar mucho”, me decían cada vez que iba a entrevistarla. Y la Chavela se reía de la Catrina, y no se quiso ir con la Pelona hasta que acabó sus pendientes (afortunadamente), cuando yo ya me había marchado. Llegué a pensar que, pese a las seis décadas de diferencia, me iban a llamar antes a mí que a ella.

No sé cuántas veces me tragué el (maravilloso) tour por la casa del cineasta Emilio “El Indio” Fernández; perdí la cuenta de las notas sobre Frida en el aniversario de su nacimiento; recuerdo a Maribel Verdú llorando en Bellas Artes tras recibir el premio Ariel a la Mejor Actriz, con un vestido de Cenicienta; la llamada a José Emilio Pacheco –autor del mítico “Las batallas en el desierto”– apenas le concedieron el Cervantes, muy probablemente ambos en pijama; a “Gabo” abriendo momentáneamente su telón de acero para hablar con la prensa; y, como recurrente sketch de humor, a Los Tigres del Norte recordándome en cada entrevista que una vez tocaron en Lesaka (Navarra). Benditos ellos.

México mágico

Mis compadres de armas en el periodismo. ¡Sois la hostia!

Mis compadres de armas en el periodismo. ¡Sois la hostia!

Así pues, y aunque por desgracia el azote del que Javier Sicilia dio cuenta en lo más alto del Cerro del Chapulín aquella mañana de junio sigue castigando al país, gravemente –y la prensa debe ser un actor fundamental para evidenciar el mal que se comete-, hay que recordar que México es mucho más.

Las nieves (helados) de Coyoacán, el genio de Rivera y Carrington, la belleza selvática de Yucatán, las noches del Tenampa (ojo a las fotos de Aznar y Zaplana), la imponente casa del saber que es la UNAM, y, sobre todo, la hospitalidad de sus gentes, que me impidió pasar solo siquiera una Navidad.

Un último consejo para navegantes del paraíso chilango: el tráfico infernal de la Ciudad de México no es tan malo como parece. Te hará llegar tarde a las ruedas de prensa, pero éstas siempre se demoran; y de regreso, te permitirá escribir con calma la nota en el taxi.

¡Pásele, joven!

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